El ponente responde
Debido a mi reciente condena a varios lustros de trabajo social por intentar prestigiar una institución tan impopular como la poesía, me veo obligado a publicar periodicamente extractos de mi consultorio privado.
Querido Ponente:
Tengo una hija de 10 años que, para mi desesperación, cuando le pregunta qué quiere ser de mayor contesta con altivez que quiere ser poeta. Al principio pensaba que lo hacía para resultar simpática y graciosa, pero he descubierto escondidos en su habitación varios cuadernos con escritos de líneas cortadas a mitad de recorrido, tachones e incluso dibujos. Investigando en su ordenador encontré en sus enlaces favoritos su página, y acongojada acudo a usted con la esperanza de que me ayude a redirigir esta insostenible situación. Un saludo afectuoso y esperanzado:
Una madre muy preocupada
Estimada Madre Muy Preocupada:
Es usted una heroína. Pocos padres tienen la visión suficiente como para invertir las tendencias desordenadas de sus hijos cuando todavía están a tiempo. Citando a mi colega, el genial Dr. Waits: “Se empieza comprando unas gafas con montura de pasta y se termina acudiendo el viernes al Ateneo y el sábado a un concierto de Björk”. Hay que atajar los problemas cortando la raiz. Una vez alguien ha visto las flores, la marea de los acontecimientos es imparable.
Por lo que me expresa en su carta, esta raiz está ya firmemente asentada en el caso de su hija. Destruya los cuadernos. Secuéstrelos mientras su hija esté fuera y espere a que vuelva para quemarlos en su presencia. Ella llorará y pataleará, es posible incluso que la odie el resto de su vida (o de la de ella, que la muerte acecha en los lugares más insospechados), pero los resultados merecen la pena. Explíquele que cuando crezca se iba a avergonzar de esos escritos, que no tenían la suficiente calidad, que cierre los ojos e imagine que sus compañeras de clase llegan a leerlos, hágale ver el desprestigio social que cualquier filtración de esa obra conllevaría. Muchos niños pensaron que eran los más cool del colegio por escribir poesía. Ahora son sodomitas, viven en cabinas con agujeros a varias alturas y brotan murmullos a sus espaldas. Háblele de ello. No censure sus propias palabras. Sea cruda. Sea urbana. Diga Bukowsky y Rimbaud aunque no venga a cuento: captará la atención de su hija.
El segundo paso es desviar a su hija hacia otras actividades que le hagan pensar en la aceptación social e incluso en la rebeldía. Cómprele unas cervezas y una botella de Jack Daniels, consígale unos gramos de cocaína (preguntando por Fuencarral es más fácil que encontrar la Plaza de España), proyéctele unas peliculas pornográficas. Tiene 10 años, ya está en la edad. Debe dirigir a su vástaga al buen camino. Cuéntele que ni Hitler ni Aznar hacían esas cosas (casi mejor que diga Hitler y Rajoy, porque lo de Aznar no está muy claro ultimamente), háblele de las ventajas del tabaco, de la popularidad que otorga ser la persona que introduce a los demás en los vicios, el prestigio que se concede a los pioneros.
Y por último, destruya todos los libros de la casa salvo la Biblia y la Espasa (al menos no destruya la Espasa hasta que no termine de pagarla). Comience de nuevo su biblioteca. Libros de Gala, ediciones pirata de “Lunas de hiel” de Ana Rosa Quintana y varias antologías de poetas jovenes (se consiguen como la cocaína). Recomiéndele lecturas detenidas de esas obras. Su hija estará curada.
De nada.